UNA AMÉRICA LATINA EN CONVULSIÓN SISTÉMICA

LO QUE SE ESCONDE BAJO LA ALFOMBRA DE

LA ECONOMÍA, LA POLÍTICA Y LA DEMOCRACIA

Por Dr. Rutilo Tomás Rea Becerra

y Dr. Pedro Gonzáles Castro

La convulsión sistémica que vive actualmente América Latina tiene como causas fundamentales dos vertientes. Una es la económica, con expresiones  tangibles como la desigualdad social, el incremento de pobreza, los desequilibrios económicos, la marginación y la poderosa concentración del ingreso. Y la otra, de carácter político, tiene que ver más con “supuestas dictaduras” (léase gobiernos populistas) y el sentir de la democracia.

En lo que refiere al análisis de la vertiente económica, nos encontramos con que los datos, si no son manipulados, generan un dialogo-debate poco discutible, ya que, al ser verificables por medio de indicadores y variables, se presentan de una manera objetiva, por lo que una vez establecidos de manera eficiente, difícilmente se pueden negar o poner en duda. Sin embargo, en lo que respecta al análisis político la situación es muy distinta, las categorías y conceptos son de entrada consustanciales al debate y a la discusión.

En este sentido, tenemos que un constructo social como la “democracia” se ha convertido en un tema de aproximaciones empíricas tan dispares que, a merced de las posturas ideológico-políticas en turno, se ha abonado más a generar confusiones que aclaraciones sobre el particular. Por ello, consideramos necesario hacer referencia a los criterios normativos y positivos en los que la “democracia” navega y de los cuales es imposible abstraerse como categoría de análisis.

Así pues, comenzaremos estableciendo que cuando se hace referencia al “criterio normativo” se está implicando necesariamente deseos, aspiraciones y utopías de lo que “la democracia debería ser”. Por tanto, establecer que la democracia es “el gobierno del, con y para el pueblo” es una utopía deseable, pero de ninguna manera es una realidad. De la igual manera, la “democracia” como “gobierno de las mayorías” no es posible confirmarla fehacientemente como tal en las llamadas democracias liberales. En todo caso, lo que podemos identificar es una “democracia” de elites, de fracciones, de partidos políticos, donde los ciudadanos solo eligen sujetos que representan, pero no gobiernan.

Sumemos a lo anterior que, en las democracias liberales, la “democracia” se ha reducido al ámbito político-electoral; nada se dice de una democracia económica en donde no solo sea la propiedad privada o las mal llamadas economías de mercado las que predominen en los procesos de producción, de intercambio y de consumo.

En lo que respecta al “criterio positivo”, diremos que éste nos circunscribe a “lo que es” o “lo que realmente es”, por lo que inferiremos que la “democracia” no es una meta a alcanzar, no es un concepto abstracto o separado de los intereses de clase. La “democracia” en el sentido positivo es una relación de poder en donde,  independientemente de nuestros deseos, se encuentran inmersos intereses de clase, de fracciones o elites, ya sean económicas, políticas o culturales.

Así entonces, bajo estas premisas podemos establecer que en América Latina, los gobiernos progresistas han tenido que jugar bajo reglas impuestas por los “grandes capitales”, en donde, la democracia liberal además de utilizar a la clase política, también hace gala de una autonomía relativa que le permite consensar o ceder espacios de poder ante presiones de los grupos subalternos, oprimidos o explotados. De esta manera grupos, movimientos o partidos de izquierda pueden obtener triunfos electorales sin que ello signifique la democratización total de una sociedad. Incluso, la capacidad de mimetizarse como representante de los grupos que triunfan (sean de derecha o inclusive de izquierda), es porque en sus mecanismos de operación ya han logrado permutar las decisiones de poder real.

En otras palabras, la democracia liberal puede permitir que el gobierno de un país pueda estar en manos de un representante de izquierda, o inclusive de un indígena como el caso boliviano, siempre y cuando los tribunales electorales o cualquiera de otro órgano de decisión fundamental, esté en manos de intereses ajenos al gobierno en turno. La democracia liberal siempre defenderá esta situación como “lo sano”, como un “contrapeso” que se debe generar en toda democracia; ello le permitirá falsificar, mentir y especular para “derrumbar” a un gobierno que por vía electoral, democrática y constitucional haya obtenido el triunfo. Recuérdese los casos de Haití, Panamá y Paraguay, en donde después de un triunfo realmente democrático se destituyeron bajo el pretexto de “violentar la democracia”.

Indudablemente que para el caso de América Latina, el hecho de que un país este obteniendo buenos resultados económicos y sociales no es un argumento contundente que justifique varios periodos de reelección, desde luego que eso no aplica en países europeos. Tenemos el caso de Alemania donde Ángela Merker lleva 14 años en el poder del gobierno ¿Por qué no se exige la “democracia”? o ¿Por qué la ONU no promueve un golpe de Estado en la Rusia de Putin, con 19 años de gobierno?

Por último, agregaremos que es importante tener en cuenta que una “democracia” como relación de poder, también cuenta con el apoyo ideológico-cultural de “intelectuales orgánicos” y de “prestigiados comunicólogos” para que establezcan en qué país se debe de “intervenir”.  Ellos son los autorizados, junto con gobiernos como el norteamericano, para establecer qué país es democrático y cuál no. Así entonces, si ya no son las votaciones, si ya no cuenta la voluntad de los pueblos, ¿El indicador de una “democracia” a modo será acaso un velado interés por los recursos naturales que posee un país?

1 pensamiento sobre “UNA AMÉRICA LATINA EN CONVULSIÓN SISTÉMICA

  1. Muy Buen texto Dr Rutilo.
    El poder de los medios tradicionales como la Radio y la televisión siguen siendo aliados de los conservadores y seguirán imponiendo la democracia a su modo, a como les convenga. Por eso sería importante que, ahí sí, pudiésemos contar con medios propios para poder hacer contrapeso a los poderes del gran capital.

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