Primer contacto con los periódicos

Por Sergio Mejía Cano

Oyendo pláticas de señores periodistas y leyendo el libro “Periodistas de Nayarit”, editado por el destacado periodista, locutor, escritor y entrevistador, don Oscar González Bonilla, me llamó la atención que varios de los que oí platicar, así como de los  personajes del periodismo citados por González Bonilla, tenían en común que estaban inmersos en el periodismo prácticamente casi desde adolescentes o desde niños, algunos de ellos, ya fuera por azares del destino o porque ya tenían parientes o padres que incursionaban en el ámbito periodístico.

Se dice que no es ético comentar sobre asuntos personales en una columna de opinión; sin embargo, en ocasiones es necesario para dar el enfoque adecuado a algún tipo de anécdotas. Porque se da el caso que al oír a estos señores periodistas que estaban en el mundo periodístico desde que comenzó su vida laboral activa, trajo a mi memoria que mi primer contacto con los periódicos no fue precisamente como periodista, sino como repartidor de periódico en la ciudad de Guadalajara, Jalisco.

Resulta que allá por el año 1968, llegó un amigo del barrio estrenando una moto usada con el número 55 al frente, en el lugar de la farola, y al preguntarle por qué ese número, nos comentó a los amigos reunidos en una esquina, que ya le habían asignado un reparto de periódico de “El Occidental”, de la Cadena Periodística “García Valseca”, y nos dijo que había la posibilidad de entrar de repartidores, pues la ciudad estaba creciendo y, como dicha cadena periodística organizaba sorteos a los suscriptores, regalando una casa cada año, ya había más repartos disponibles. Que todo era cuestión de presentarse en donde despachaban los repartos y hacer méritos contando los diarios a entregar a los repartidores de acuerdo al número de ejemplares de la zona de reparto. El único detalle era contar con bici o moto propias.

Como mis hermanos mayores y un servidor estábamos en el turno vespertino en la secundaria, vimos la posibilidad de ir, aunque nuestro amigo nos advirtió que había que estar en las instalaciones del periódico, desde las cuatro de la mañana.

A mis hermanos mayores como que no les agradó mucho el ambiente, por lo que duraron como un mes haciendo méritos.

Desde luego que cuando llegamos ya había otros muchachos esperando que les tocara un reparto cuando algunos de los que ya tenían reparto asignado, fallaban o se retiraban. Así que mientras no llegaba esa oportunidad, al terminar de entregar los repartos, nos pasaban a las oficinas a ayudar a organizar los repartos.

Para llegar a las oficinas, teníamos que pasar por los talleres en donde se imprimían los diarios. En esos talleres miré cómo ensartaban los carretes de papel en enormes máquinas. Había láminas como de plástico o cartón  plastificado, en donde estaban impresas en alto relieve las páginas de los ejemplares, nada más que al revés. Y al entrar a los baños, estos no tenían puerta en los retretes, según esto, para que los trabajadores no se durmieran sentados en la taza o dispusieran más del tiempo necesario para defecar.

En ese entonces, había unas máquinas en donde un empleado ponía tarjetas perforadas, para imprimir nombres y domicilios de los suscriptores. Y a los nuevos nos ponían a descontinuar en unos tarjeteros a los suscriptores que se les había vencido la suscripción y agregar a los nuevos. Y las listas que salían de esas máquinas, eran las que se les entregaban a los repartidores para que llevaran el control de los nuevos domicilios y los que eran dados de baja.

Como a los dos meses de hacer méritos, me tocó ya repartir supliendo a los que faltaban a trabajar o que simplemente ya no iban por equis motivos.

Desde luego que la repartición me sirvió para conocer la Perla Tapatía de cabo a rabo, pues me tocó repartir prácticamente por todos los sectores y colonias e inclusive en el centro de la ciudad.

Al llegar 1969, se me asignó el reparto número 83, que era en el entonces Sector Reforma, cerca de las instalaciones del periódico. El número de ejemplares a repartir era de 150; y ahí me di mis mañas para acomodar en la bicicleta de mi papá, los periódicos en la parrilla y en el manubrio. Pero había repartos de hasta 200 o más periódicos, algunos repartidores traían motocicleta; pero la mayoría usábamos bicicleta. Y desde luego que me llamó la atención cómo acomodaban tantos periódicos en sus bicis y, obviamente, el equilibrio para subir y bajar banquetas y zigzaguear entre carros y camiones en las calles y avenidas.

Sea pues. Vale.

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