¿Quién es el tirano? ¿Quién el dictador?

“Cuando se descubrió que la

información era un negocio, la

verdad dejó de ser importante”.

Ryszard Kapu si sky

Por Dr. Pedro Gonzáles Castro y

Dr. Rutilo Tomás Rea Becerra

Ahora resulta que el conocimiento es monopolio exclusivo de “académicos”, de intelectuales; que los que saben de política son los egresados de Harvard, que los indígenas no saben nada, porque son unos ignorantes; que los “comentócratas” son los únicos que deben de hablar en los medios informativos, porque los “ciudadanos de a pie” solo distorsionan “la verdad” en las redes sociales.

¡Vaya ligereza de los rotos y sus formas simplistas, acartonadas y reduccionistas de ver la vida! Precisamente esta volubilidad ha sido cómplice silenciosa de injusticias, del coloniaje, la antidemocracia, la impunidad y la corrupción. Se atreven con descaro a ningunearnos y, como si fueran el viejo Polidor, gritan por las cuatro esquinas que ignoramos “la verdad”, que debemos respetar a “los eruditos y versados” en política, economía o cultura.

Niegan vehementemente todo conocimiento que emana de la experiencia ancestral, la cultura popular, o la intuición empírica. Sistemáticamente promueven su invisibilidad porque, según ellos, no es un “conocimiento científico” o un “paradigma dominante”. Para los neoliberales todo es mercancía y, en su afán de apropiarse de todo, se han adueñado de las palabras pues entre el saber y el poder también se ejerce el dominio. Han monopolizado el saber pues ello les permite manipular, colonizar, subyugar, explotar, mentir, engañar, corromper, prostituir.

Cual fieles gobbelianos usan indiscriminadamente la propaganda para imponer una narrativa que, apoderándose del imaginario colectivo, promueva y mantenga sus privilegios, sus intereses, su estatus económico, político y social. Para ellos, todo aquel que no este a favor, esta en contra. Por eso, desde hace tiempo mantienen una campaña de difamación y desprestigio en contra del presidente de la República, una y otra vez dicen que “es un peligro para México”, que es un autoritario, un populista, un tirano, un antidemocrático.

A los rotos les urge que olvidemos la historia, se rigen por el “borrón y cuenta nueva”, quieren que pasemos por alto el presidencialismo autoritario establecido y promovido por el PRI por más de setenta años, quieren que aceptemos las prácticas antidemocráticas de la actual triple alianza: PAN-PRI-PRD. Saben perfectamente como manejar la imagen a través de la televisión o el internet, saben de la importancia del “ver sin entender” y ridículamente quieren que aceptemos como normales las simplonas apariciones de bufones al servicio del neoliberalismo (graban spot comiendo tacos, suben al camión para realizar un video mediático, o simulan que se trabaja incansablemente como un albañil; populismo puro).

Siglos atrás, México sufrió el asedio de los imperios europeos y parece que esta práctica se les hizo costumbre. Organizaciones como “mexicanos contra la corrupción” están siendo financiadas con dinero del exterior, permitiendo que manos extranjeras intervengan en los asuntos internos de nuestro país. El entreguismo que ha caracterizado a diversos grupos conservadores pone de manifiesto que poco les interesa la sociedad mexicana, lo que les importa es mantener sus privilegios, canonjías y prebendas.

Acaso ¿los empresarios no son susceptibles de corromperse? ¿la impunidad y la corrupción es propia solamente de los políticos? ¿Acaso porque el neoliberalismo los catalogó como agentes del crecimiento y el desarrollo no cometen ilícitos? ¿Cree usted amable lector que son hermanitos de la caridad? ¿Cree que pagan lo justo a sus trabajadores?

No, lo empresarios también pueden ser parásitos del presupuesto federal, pueden –y lo hacen- no pagar impuestos ya que través de diversos mecanismos reciben exenciones fiscales. De hecho, ellos no construyen la infraestructura a través de la cual generan sus procesos de acumulación, pagan y cabildean para no pagar los costos de las llamadas “externalidades” (daños a la salud por las grandes cantidades de azúcar en la elaboración de bebidas y alimentos, daños ecológicos y destrucción al medio ambiente provocado por las empresas mineras, daños psicológicos derivados del estrés originados por el aumento en la intensidad del trabajo, etc.).

Bajo la teoría del poder, los grandes empresarios hacen contubernio con la clase política, promueven campañas de miedo e implementan en el imaginario colectivo el odio, el encono y la división clasista en las sociedades. Tienen la capacidad para hacer creer que el divisionismo es provocado por un “ser mesiánico, loco, populista y autoritario”. No nos quieran engañar. Los empresarios también tienen intereses, ganancias y poder que no solo se limita a lo económico y para que el engranaje de sus ambiciones funcione mantienen el control social e imponen su hegemonía política y cultural.

Invierten fuertes sumas de dinero en los procesos de enajenación en los que participan los “intelectuales orgánicos” y “líderes de opinión” (comentócratas, “periodistas” y “opinadores”), quienes vociferan en contra de un presidente que no es de su agrado. Imponen en el imaginario colectivo una narrativa, que logra penetrar a través de las emociones y la sensibilidad de miles de ciudadanos hasta volverla propia. Generan una subjetividad social que nos hace creer que la crítica sin compromiso nos hará cambiar la realidad. Nos hace creer que basta con ir a votar para democratizar al país, o que basta un cambio de gobierno para acabar con la corrupción.

Como mencionó Ebrard: “es hora de que las elites exasperadas entiendan que no entienden”. Sabemos que los procesos de cambio y de transformación no son fáciles y tenemos el derecho de disentir de todo este andamiaje de mentiras y construir de manera colectiva, solidaria y conjunta un México y un mundo mejor, a través de una nueva narrativa generada sobre la base de un conocimiento plural y heterogéneo, sobre una comunidad de saberes. ¡Esta es la revolución de las conciencias y hemos iniciado el camino!

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