Por José Guadalupe Rocha Esparza

Mabel Stark se encerraba en una jaula hasta con 18 quisquillosas fieras al mismo tiempo en la pista central del Ringling Brothers, el Olimpo del circo entre 1923 y 1933, mujer que domaba a sus fieras con inteligencia y mano izquierda, radiantemente feliz de trabajar con leones, leopardos, jaguares y tigres, identificándose con ellos por su belleza, determinación y pureza.

“Llaman al león Rey de la Selva, pero el tigre es el verdadero señor de toda la creación animal”, escribió la artista, de cuerpo cicatrizado de pies a cabeza. “Puedes acobardar a un león, pero a un tigre nunca”. Siempre fue más fausta con los tigres que con los cuatro hombres con quienes se casó. Las mordidas de “Belle”, “Sheik” y “Zoo” le arrancaron un trozo de pierna.

El gran macho “Rajah” tenía embarazosas efusiones sobre ella, tranquilizándolo en la intimidad. Después de pasar varios años en circos de segunda fila y recalar en un centro de adiestramiento de animales, decide suicidarse con una sobredosis de barbitúricos, tras disgustarse de que le mataran a la tigresa “Goldie”. Decía que “la vida sin tigres no vale la pena”.

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