Longevidad activa

Por José Guadalupe Rocha Esparza

El organismo humano nace con una fecha de caducidad, variable según el estilo de vida y la herencia genética, pero caducidad al fin. Por lo tanto, hemos de prepararnos para envejecer y hacerlo con empeño ético e incluso como propósito político-social, rompiendo la idea de que la vejez es igual a decrepitud. El paso del tiempo no siempre significa decadencia.

Quienes superan los ochenta sin enfermedades relevantes tienen muchas posibilidades de llegar a centenarios. Ser viejo ya no es lo mismo que antes. Somos ahora jóvenes durante mucho tiempo, jóvenes de todas las edades que mantenemos viva la ilusión amorosa, clave de la longevidad activa, rodeados de gente edificante, competentes para seguir trabajando. 

Viejo es quien tiene mermadas muchas de sus facultades, volviéndose su vejez decrépita y dolorosa, con el suficiente derecho a dimitir de su carga infamante y desmoralizadora. Ser viejo es añorar la libertad que perdemos por un puñado de lentejas. Por lo tanto, tener 50 años o más, no es un período de ominosa decadencia, sino de una etapa más plena y productiva.

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