Todos podríamos estar expuestos a ser escuchados ilícitamente

 Por Sergio Mejía Cano

Ahora que se ha destapado la cloaca del programa de espionaje denominado «Pegasus», y que se dice es de origen israelí, para el pueblo de a pie, queda o podría estar quedando de manifiesto que nadie, absolutamente nadie está exento de sufrir algún tipo de espionaje, por insignificante que pudiera ser este.

Por ejemplo, eso de las llamadas supuestamente anónimas, en las que se ínsita a la población a denunciar en forma anónima al número telefónico «089», lo más probable es que en ninguna forma sea de forma anónima, ya que esto es prácticamente imposible y, si en dado caso de que alguien haga una denuncia que pudiera perjudicar a un funcionario o servidor público, obviamente que quien denuncia podría estar en peligro o sufrir alguna consecuencia por represalia; y más, si quien recibe esa denuncia está en ese puesto gracias a quien está siendo denunciado.

Allá a finales de los años 70 o principio de los 80 del siglo pasado, me llamó la atención mirar a un vecino, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, que, teniendo teléfono fijo en su domicilio, a cada rato lo veía llamando en un teléfono público, de aquellos que aún eran de disco para marcar la numeración. Y cierto día, ganándome la curiosidad, le pregunté por qué casi a diario lo veía colgado del teléfono público siendo que tenía en su casa, a lo que me respondió que porque las llamadas le salían gratis y podía llamar a donde quisiera con cargo a Teléfonos de México, y me demostró que todos los teléfonos públicos tenían su propio número como si fueran de casa y, que solamente con marcar una clave en el disco para marcar, podía hacer llamadas hasta de larga distancia, y me dijo el número de ese teléfono público que comenzaba con 12, que era con el que en ese entonces se marcaban los números de la zona.

Y más o menos por esas mismas fechas, llegó a Tepic, Nayarit, un compañero como llamador de tripulaciones del ferrocarril, y que antes se había desempeñado como sobrecargo, en los trenes de pasajeros, viajando de Guadalajara, Jalisco a Nogales, Sonora, así que por estar cotidianamente en la frontera norte, entraba al otro lado en donde adquiría mercancía que posteriormente vendía acá en el sur; y entre esas compras que hacía en Nogales, traía un aparato con el que se podía colgar de las líneas telefónicas, por medio de una pinzas que el compañero les decía «caimanes», y así, poder llamar a donde quisiera, sobre todo en llamadas de larga distancia ya fuera a Mazatlán, Sinaloa, que era en donde residía este compañero ferroviario o a Guadalajara, en donde vivián sus papás.

Cierto día, un trabajador del mercado de abastos, de la colonia Santa Teresita, de la ciudad de Tepic, llegó a la bodega donde trabajaba, que acababa de hacer una denuncia anónima en el teléfono de la esquina, por lo que un cliente procedente del municipio de Santiago Ixcuintla, le dijo que no anduviera haciendo eso desde un teléfono público cercano a donde laborara o donde viviera porque lo podrían localizar de inmediato y se podría ver en problemas; así que le sugirió que cuando quisiera hacer este tipo de llamadas de denuncias anónimas, lo hiciera de algún teléfono público que estuviera al otro lado de la ciudad de donde cotidianamente estuviera. Y este comerciante de Santiago Ixcuintla,  nos explicó a quienes estábamos en esa bodega, que ninguna llamada es anónima, pues todos los teléfonos, tanto públicos como privados, están plenamente ubicados e identificados, que no había manera de que nadie permaneciera en el anonimato al hacer una llamada de denuncia, porque si era importante alguna denuncia, quien recibía la llamada podía en ese mismo instante saber de dónde se estaba haciendo la llamada y por lo mismo, podía llamar a una patrulla o agentes de la policía para que se presentaran de inmediato al lugar en donde se estaba haciendo la denuncia supuestamente anónima.

En los años 70 había muchos aficionados a la comunicación por radio de banda civil, y que se comunicaban entre sí con denominaciones como de «diamante negro», caballo dorado», piedra angular», etcétera. Y un hijo de un jefe de patio del ferrocarril, que era precisamente muy aficionado a esta onda, llegaba casi a diario a visitar a su papá que trabajaba en el turno vespertino, y a través de su radio de banda civil que traía en su carro, nos ponía a escuchar conversaciones telefónicas de diferentes partes del entorno al estado de Nayarit, y hasta de Puerto Vallarta; y hasta conversaciones por demás muy íntimas.

Sea pues. Vale.

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