Por José Guadalupe Rocha Esparza

Las instituciones democráticas representan el cauce por el cual pueden circular los conflictos más enconados que, aunque no siempre encuentren soluciones definitivas, tampoco están descarrilados. Aquéllas, con todas las complejidades y torceduras que se quiera, se apoyan en criterios objetivos, normativos o estadísticos, sin ser una ilusión subjetiva de agentes sociales.

Pero ahora se instaló entre nosotros una rara costumbre política llamada “gobernar con las encuestas”, es decir, tomar medidas que se sabe que satisfarán a una determinada franja del electorado para mantener el voto cautivo y mañana otras que complacen a otro sector clientelar, con la idea de sumar esos versos sueltos y componer el poema de la victoria en urnas.

Cuando se actúa de ese modo, la coherencia para cohesionar la suma de intereses del todo social no da como resultado el interés general, sino la división, el malestar, la desagregación y la estigmatización de ciertos colectivos ante la falta consensos, difuminándose el interés público. Gobernar con las encuestas es el primer síntoma del deterioro institucional.

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