Pepe: una historia del terruño

Tiene recias cadenas

Mis recuerdos,

Y está cautiva el ave

Que dibuja con trinos

La tarde.

Federico García Lorca.

Por Efraín Moreno Arciniega

“Pinche perro cabrón; deja algunas para mi papa y mi mama” (sic).

Así le decía Pepe a un perro callejero que se estaba tragando las tortillas que él había comprado, al igual que yo, en una de las primeras tortillerías ya mecánicas que se habían instalado en Tepic, allí por la Bravo, entre la México y Zacatecas; y que entre los aventones y manazos que ambos nos íbamos dando, por mala suerte a él se le habían caído allí en el Puente de la Mololoa.

Eran los tiempos en que ya las tortillerías mecánicas estaban iniciando su victoria sobre las tortillerías familiares hechas a mano. La Revolución Industrial en Nayarit empezaba a mostrar su rostro para cambiar el largo período de las tortillas a mano.

El Tepic que recuerdo de ese entonces, era un Tepic muy limpio. Llegué a ver en la ciudad a esos carros especiales con los que se barrían las calles. Todavía con el Presidente Municipal Neófito Haro los llegué a ver. El Gobernador Flores Muñoz había ganado para Tepic el Título de Ciudad Blanca; y que sus sucesores que impuso: Limón Guzmán y Francisco García Montero, habían continuado esa buena política pública del aseo.

Les juro que, si los policías hubieran visto que Pepe había tirado las tortillas, lo hubieran agarrado para que sus padres pagaran una multa por haber ensuciado la ciudad.

Era un Tepic de cuatro semáforos sencillos que colgaban en los cruceros de las calles de México y Victoria; México y Bravo; México y Allende; y México e Insurgentes.

Era un Tepic, que terminaba hacia el sur, en la Calzada de la Cruz; allí empezaba la carretera a Xalisco; en ese entonces, Jalisquillo. Hacia el norte, terminaba Tepic, en la Colonia San José; allí iniciaba la carretera Bellavista-Puga. Hacía el poniente, Tepic, llegaba hasta la gasolinera de Vargas, allí empezaba la carretera rumbo a Mazatlán. Y hacia el oriente, Tepic se acababa en los Llanitos; ya en el Puente Superior, una palmeta anunciaba que Guadalajara estaba a 222 kilómetros.

Era un Tepic, de 60 mil habitantes.

Estamos hablando de los primeros años de los 60.

Era el Tepic, donde Jesús Ceja Valadez empezó a transmitir los primeros juegos de los Coras del Tepic, que me crearon las primeras emociones del deporte.

Todavía recuerdo el primer partido que vi de los Coras; fue contra el Zamora, recién descendido de la Primera División a la Segunda, donde militaba el Tepic. Para mí, fue un hecho mágico: el olor a pasto, la gente gritando, la cancha muy verde, las cervezas, los refrescos, los tamales de camarón, y Elías Guzmán dando cátedra de juego; Tepic ganó tres goles a uno. Desde allí fui Cora, gocé sus triunfos y lloré sus derrotas.

Era el Tepic, de la hermosa estatua de granito de la Hermana Agua.

Era el Tepic, de la entrada a la La Loma de Las Paralelas.

Era el Tepic del cine Azcona.

Pepe aventaba al perro y le quitaba algunas tortillas; pero el perro se comió las más.

Las pocas tortillas que rescató Pepe las limpió en su pantalón que no estaba tan limpio.

Después de esto, continuamos ya callados rumbo a nuestras casas.

Pepe iba llorando; sabíamos muy bien los dos lo que a él le esperaba al llegar a su casa.

Eran también los tiempos en que los papás no se andaban con miramientos; todavía los padres de ese entonces eran los autócratas del hogar; por cualquier “enchílame estas”, madriza segura. Los derechos de los niños ni siquiera se habían concebido

En el camino, la casa de Pepe estaba primero; al llegar le dije: Nos vemos Pepe.

En mis 70 años me pregunto: ¿dónde estará Pepe?

Han pasado de esto 60 años.

A lo mejor nos hemos visto sin saberlo.

El pasado tiene eso triste: fue y ya no será.

Decía Federico García Lorca:

Las cosas que se van no vuelven nunca,

Todo el mundo lo sabe,

Y entre el claro gentío de los vientos

Es inútil quejarse.

¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?

Es inútil quejarse.

¡Un saludo para Todas y Todos!

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